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domingo, 3 de mayo de 2020

DEL TAMAÑO DE UN HERMANO- MARINA COLASANTI

Tenía un hermano pequeño, y a nadie más tenía. Hacía mucho tiempo, desde la muerte de sus padres, habitaban los dos solos en esa playa desierta, rodeada de montañas. Pescaban cazaban, recogían frutos y se sentían felices.
En verdad, tan pequeño era el otro, apenas como la palma de su mano, que el mayor encontraba normal ocuparse él solo de todo. Pero atento siempre a la vigilancia de su hermano, delicado y único en su minúsculo tamaño.
Nada hacía sin llevarlo consigo. Si era día de pesca, allá se iban los dos mar adentro, el mayor metido en el agua hasta los muslos, el menor a caballo en su oreja, ambos inclinados sobre la transparencia del agua, esperando el momento en que el pez se acercaría y ¡zas! caería preso en la celada de sus manos.
Si se trataba de cazar, salían hacia el bosque, el pequeño acomodado a sus anchas en la alforja de cuero, el grande caminando a largos pasos por entre los arbustos, en busca de algún animal salvaje que les garantizara el almuerzo, o de frutas maduras y jugosas para calmar la sed.
Nada faltaba a los dos hermanos. Pero en las noches, sentados frente al fuego recordaban el pasado, cuando sus padres aún estaban vivos. Y entonces la casa entera parecía llenarse de vacío y, casi sin advertirlo, comenzaban a hablar de un mundo más allá de las montañas, preguntándose cómo sería, si estaría habitado, e imaginando la vida de aquellos habitantes.
De una en otra suposición, la charla se ampliaba con nuevas historias que se ligaban entre sí, prolongándose hasta la madrugada. Y, durante el día, los dos hermanos sólo pensaban en la llegada de la noche, hora en que habrían de sentarse junto al fuego a recrear ese mundo que ignoraban. Y la noche se fue haciendo mejor que el día, la imaginación más seductora que la realidad.
Hasta que una vez, ya cerca del amanecer, el pequeño dijo:
—¿Por qué no vamos?
Y el mayor se sorprendió de no haber pensado en algo tan evidente.
No tardaron mucho en los preparativos. Reunieron algunas provisiones, tomaron pieles para enfrentar el frío de las montañas, cerraron bien la puerta de entrada. Y se pusieron en camino.
Montado en la cabeza del hermano, asegurando con vigor las redes de su cabello, el pequeño se sentía tan valiente como si también él fuera alto y poderoso. Cabalgadura de su hermano, pisando con firmeza tierras cada vez más desconocidas, el mayor se sentía estremecer por dentro, como si también él fuera pequeño y delicado. Pero los dos cantaban sin cesar, estaban juntos, y aquélla era su más linda aventura.
Después de algunos días de marcha, el suelo dejó de ser plano, y comenzó la cuesta de la montaña. Subieron por caminos abiertos mucho antes por los animales, inventaron atajos. Desde la cabeza del hermano, el pequeño indicaba los rumbos más fáciles. Y el grande se aferraba a las piedras, rodeaba zanjones, bordeaba precipicios. Cada día más frío, el viento les arañaba el rostro. Nubes densas cubrían su canto. Acampaban por la noche entre las rocas, envueltos en pieles. Y al amanecer proseguían su lenta ascensión.
Tanto subieron que un día, de repente, no hubo ya modo de subir más. Habían llegado a la cima de la montaña. Y de allá arriba, extasiados, contemplaron por fin el otro lado del mundo.
Qué bonito era. Y tan diminuto, en la distancia, y tan limpio y bien dispuesto. Las colinas descendían, suaves, hasta los valles, y los valles sembrados de huertos y campos estaban salpicados de aldeas, con casitas y gentes muy pequeñas que se movían a lo lejos.
Alegres, los dos hermanos comenzaron a descender. Bajaron y bajaron, por caminos ahora más fáciles, trazados por otros pies humanos. Pero, curiosamente, por más que avanzaban, las casas y las personas no parecían crecer tanto como habían esperado. Ellos estaban cada vez más cerca, y los otros seguían siendo pequeños. Tan pequeños tal vez como el hermano que, desde su alto mirador, espiaba sorprendido.
Casi estaban llegando a la primera aldea, cuando oyeron un grito, y después otro, y vieron que todas aquellas personitas corrían a encerrarse en sus casas, cerrando luego tras de sí puertas y ventanas.
Sin entender cabalmente lo que sucedía, el hermano mayor depositó en el suelo al pequeño. Y éste, viéndose por primera vez en un mundo de su tamaño, infló el pecho, irguió la cabeza y, pisando con determinación, se acercó a la casa más próxima. Llamó a la puerta, y esperó.
A través de la hendija que se abrió con cautela, dos ojos, exactamente a la altura de los suyos, espiaron. Silencio al otro lado de la puerta. Pero un segundo después también las alas de la ventana se apartaron levemente, dando espacio a la vivaz curiosidad de otro par de ojos. Y en cada casa se abrieron temblorosas otras hendijas, asomó tras ellas el destello de otras miradas. Al principio receloso, casi encogido entre los hombros, después más osadas, estirándose, surgieron cabezas de hombres, de mujeres y de niños.
Cabezas pequeñas, todas minúsculas como la de su hermano, pensó el mayor, mientras trataba afanoso de comprender. No había nadie allí que fuera grande, nadie de su propio tamaño. Y sin duda sucedía lo mismo en las aldeas vecinas, en todas aquellas casas que él había creído pequeñas sólo a causa de la distancia.
El mundo, descubrió con súbito sobresalto al comprender por fin la realidad, estaba hecho a la medida de su hermano.
Entonces vio que éste, tras hablar con los habitantes de la casa, volvía hacia él tendiéndole la mano. El hermano, que siempre le pareciera tan frágil, lo llamaba ahora con dulce firmeza. Y él se inclinó hasta tocar su manecita, y se dejó guiar hasta las gentes de la aldea, frágil y único gigante en este mundo.

sábado, 2 de mayo de 2020

LOS DÍAS DE LA SOMBRA- LILIANA BODOC

El tiempo no tiene una sino sus muchas ruedas. Una rueda para las criaturas de corazón lento, y otra para las de corazón apresurado. Ruedas para las criaturas que envejecen lentamente, ruedas para las que se hacen viejas con el día.
Digo esto porque habrá quienes quieran saber cuánto tiempo transcurrió desde que los husihuilkes regresaron a Los Confines, después de la guerra contra los sideresios, hasta el día en que Kuy-Kuyen se irritó por la torpeza con que Wilkilén desgranaba el maíz.
Si me preguntan esto deberé responder que los hombres contaron cinco cosechas, el tiempo de ver crecer a un niño. Pero deberé agregar que las luciérnagas contaron cientos y cientos de generaciones muertas, un tiempo perdido en sus memorias. Y que para la montaña transcurrió apenas un instante.
Dice el que cuenta que Misáianes, hijo de la Muerte, dispone de más tiempo que una montaña.
Digo lo que es verdad. La rueda de Misáianes gira muy lentamente, como pausado late su corazón.
Sucedió que, después de zarpar la flota que partía a conquistar las Tierras Fértiles, Misáianes quiso dormitar un momento. Bostezó un gran viento a favor de las velas de sus naves, y se acomodó en el hueco de su monte.
Pero Misáianes apenas había alcanzado el sueño cuando el dormir se le pobló de presagios, de náuseas y de advertencias que lo obligaron a abrir los ojos. Frente a él había una comitiva de parientes asustados, que retrocedieron al verlo despertar. Ninguno de ellos quería ser el pregonero del fracaso. Ninguno quería anunciarle la derrota.
No había, entre todos, quien se atreviera a decirle que Drimus se había quedado en las Tierras Fértiles, con algunos hombres y sus perros. Y que Leogrós había hecho el viaje de regreso para enfrentar su castigo.
Misáianes tuvo que increparlos para que balbucearan la desgracia. Cuando escuchó y comprendió lo que había sucedido, el Odio Eterno se revolvió en su nicho de roca hasta abrirse la carne.
Mientras esto ocurría, los husihuilkes volvieron a abrir surcos, pusieron semillas y levantaron una cosecha. La primera después del final de la guerra.
Luego Misáianes rugió. Todos en sus dominios se protegieron la cabeza entre los brazos, y aun así cayeron vencidos por el dolor. Y mientras Misáianes rugía en la cima de un monte de las Tierras Antiguas, los husihuilkes de Los Confines vieron madurar la segunda cosecha.
Pero un día Misáianes se apaciguó. Comprendió lo que debía hacer. El hijo de la Muerte recuperaba la calma, y en el sur de la Tierra la tercera cosecha de zapallos recuperaba su dulzura.
Cuando Misáianes ordenó que buscaran a su madre y la llevaran frente a él, la gente de Los Confines estaba cantando. Se pasaban de mano en mano los zapallos nuevos y apilaban los frutos del maíz en montones de abundancia.
La madre acudió al llamado del hijo. Para entonces, los hombres del sur se preparaban para levantar la quinta cosecha, las luciérnagas habían perdido la cuenta de sus siglos, la montaña era casi la misma. Y Kuy-Kuyen se enojaba porque Wilkilén desgranaba el maíz fuera del cesto.

LORENZO HORIZONTE- ÁNGELES DURINI

Lorenzo Horizonte tenía el pelo enrulado como si llevara víboras en la cabeza. Es que era un gran matemático. Le gustaban los cálculos: treinta y dos millones cuatrocientos mil veinticuatro por ochocientos veinte millones trecientos treinta y ocho más cuarenta mil uno dividido... y así podía seguir llenando pizarrones.
Pero no era feliz.
Un gong de tristeza le golpeaba el alma por las mañanas: "no soy feliz no soy feliz".
Luego el gong se sumó también a las noches y a las tardes, hasta dejar el alma de Lorenzo convertida en fracciones. Y cuando empezó a recibir ese golpe constantemente, decidió consultarlo con su médico para descubrir la raíz.
—Mire doctor —dijo Lorenzo— tengo un golpe continuo en el alma y me da miedo que se me rompa.
—Ajá —contestó el médico— ¿y cómo suena ese golpe?
—Hace un ruido amargo, doctor —replicó Lorenzo con tristeza.
—¿Lo probó?
—No, no puedo probarlo doctor, pero me hace sentir muy pesado.
—Pero usted es flaco.
—Sí, pero me siento gordo.
—Mjm, no ha probado el golpe y dice que es amargo, se siente gordo pero es flaco. Dígame —el doctor escribía en una hoja blanca la historia clínica de Lorenzo— ¿qué cosas de las que mira lo ponen contento?
—¡Un pizarrón lleno de números todos hechos por mí! Se lo voy a explicar de forma simple: escribir uno más uno y saber que es dos, dos más dos y sumar cuatro, cuatro por tres y ...
—Está bien, está bien. Evidentemente hay algo que anda mal. Urgente, le indico unas vacaciones con mucho paisaje.
—¡Pero no puedo! ¡mi trabajo, mis números!
—Bórrelos, señor Lorenzo. Y por favor, hágame caso.
Como el gong seguía y ya no sólo golpeaba su alma, sino también su cabeza, sus miembros, en fin, todo el cuerpo, Lorenzo decidió obedecer al médico.
Entonces, además de los números, se le empezaron a multiplicar otros sueños.
¿En qué se parece el mar a un pizarrón lleno de números? En que el mar se mueve y los números también.
Y se fue al mar.
Alquiló una casa junto a la playa y pasó el primer día mirando las olas. Pero al segundo día no le fue suficiente con mirarlas: se las puso a contar.
—Una ola más otra ola más otra ola por cinco olas que vienen desde el horizonte menos tres que desaparecieron en la orilla...
Y empezó a escribir cuentas en la arena. Se sentía un creador de tanto paisaje de número, mientras calculaba los movimientos del mar.
Pero el gong de tristeza le seguía poceando el alma.
Probó entonces contar noctilucas en el mar nocturno. En las noches sin luna, era difícil sumar los brillos sobre el borde de las olas, aunque era interesante; pero después, restarle las olas opacas de noches con luna, era más difícil todavía; por lo tanto, para Lorenzo, interesante al cuadrado. Aunque no para ese momento, no había cuenta ni bisectriz que le lograra tapar el pozo que se le iba produciendo por el golpe.
Observaba los ángulos de las estrellas, llegó a calcular la superficie del sol. Ni los caracoles con sus circunferencias, ni las piedras paralelepípedas lograron siquiera medir el peso específico de una tristeza que iba creciendo cada vez más. Llegó al colmo de discutir ecuaciones matemáticas con los berberechos, llamar a una roca "señorita Monomio" (era la roca donde se sentaba por las tardes, a tomar mate y a contar el tiempo).
Toda la arena era un pizarrón gigante que el viento se encargaba de borrar.
Esa mañana soplaba fuerte. Lorenzo había bajado a la playa con campera. Mientras dibujaba los números, ella apareció de lejos, con un vestido azul.
(Ella también fue un encargo del viento).
A Lorenzo se le empezaron a mezclar las curvas de los cosenos apenas la vio. El gong dentro del alma se le paralizó al instante.
Ella, todavía lejos, se sentó sobre "señorita Monomio" y sacó una flauta de su bolso. Se puso a tocar. Las tangentes de Lorenzo se hicieron trizas. Aquel sonido le destruyó el gong definitivamente. Estaba sin cuentas pendientes en la cabeza.
Y poco a poco, poco a poco, como un reptil enamorado, se le fue acercando.

LA ZAREVNA RANA- CUENTO POPULAR RUSO

Ilustraciones de Ivan Bilibin
Selección de Marcela Carranza
Traducción de Pepín Cascarón
Érase una vez cierto reino en el que vivía un zar que tenía tres hijos. Cuando se hicieron mayores, el zar los reunió y les dijo:
—Mis queridos hijos, quisiera casaros antes de hacerme viejo, deseo tener nietos y entretenerme con ellos.
Los hijos le respondieron:
—Si es así, padre, danos tu bendición. ¿Con quién quieres casarnos?
—Tomad cada uno una flecha, salid al campo y disparadla. Allí donde caiga vuestra flecha, allí tendréis que buscar esposa.
Los hijos se inclinaron profundamente ante el padre, tomaron cada uno una flecha, salieron al campo, tensaron sus arcos y dispararon.
La flecha del hermano mayor cayó en el palacio de un boyardo (2), cuya hija la levantó. La flecha del segundo hermano fue a parar al espacioso patio de un mercader, y la recogió una hija de éste.
La flecha del hermano menor, el zarévich Iván, ascendió muy alto y se perdió de vista. El zarévich tuvo que partir en su búsqueda y, tras de andar y andar sin descanso, llegó a un pantano. Había allí una rana, que saltaba de piedra en piedra y sostenía la flecha entre sus patas palmeadas.
El zarévich le dijo:
—Rana, ranita, dame mi flecha.
La rana le respondió:
—Cásate conmigo.
—¿Qué dices? ¿Acaso puedo yo casarme con una rana?
—Cásate conmigo, esa es tu suerte.
El zarévich Iván quedó triste y cabizbajo, pero ¿qué podía hacer? Tomó la rana y se la llevó a casa.
Hubo tres bodas en el palacio del zar: la del hijo mayor con la hija del boyardo, la del mediano con la hija del mercader y la de Iván con la rana.
Un buen día, el zar hizo llamar a sus hijos y les dijo:
—Quisiera saber cuál de vuestras mujeres tiene mejores manos para la costura. Decidles que, para mañana, deben hacerme una camisa cada una.
Los hijos se inclinaron ante el padre y salieron para cumplir su deseo.
Llegó el zarévich Iván a sus aposentos con el corazón apesadumbrado y la cabeza baja. La rana, dando saltos por el piso, le preguntó:
—¿Por qué te veo tan cabizbajo Iván Zarévich? ¿Qué pena te acongoja?
—¡Tengo un buen motivo para estar triste! Mi padre, el zar, ha ordenado que le hagas para mañana una camisa.
—¡No te preocupes Iván Zarévich! Vete tranquilo a dormir. Mañana será otro día.
El zarévich Iván se acostó, y la rana saltó a la terraza del palacete, se desprendió de su piel y se convirtió en Vasilisa la Sabia. Era tan bella que ni en los cuentos tenía igual.
Batió palmas Vasilisa la Sabia y llamó con voz sonora:
—¡Madrecitas, ayas mías, acudid sin dilación! Haced, para mañana por la mañana, una camisa como la de mi padre.
Temprano, cuando el zarévich Iván se despertó, la rana seguía saltando por el palacete, pero en la mesa había una camisa envuelta en un fino lienzo. Muy contento, el zarévich Iván le llevó la camisa a su padre. Sus hermanos ya estaban allí.
El hermano mayor desenvolvió la camisa, el rey la tomó en sus manos y dijo:
—Esta camisa no es para llevarla en palacio.
Desenvolvió la camisa el mediano, y el rey dijo:
—Esta camisa no vale más que para ir al baño.
Desenvolvió el zarévich Iván su camisa con bellos bordados de oro y plata, y el rey exclamó nada más verla:
—¡Esta camisa es para lucirla en las fiestas!
Los hermanos mayores regresaron a sus aposentos comentando:
—Sí, está visto que no debimos reírnos de la mujer de Iván. No es una rana, sino una bruja.
El zar nuevamente hizo llamar a sus hijos y les pidió:
Veamos cuál de vuestras mujeres es la mejor ama de casa. Que cada una me cueza para mañana un pan blanco y tierno.
El zarévich Iván regresó a casa muy entristecido. La rana le preguntó:
—¿Por qué te veo tan cabizbajo Iván Zarévich? ¿Qué pena te acongoja?
¡Tengo una buena razón para estar triste! Mi padre, el zar, quiere que para mañana le cuezas un pan blanco y tierno.
—No te aflijas Iván Zarévich. Vete tranquilo a dormir. Mañana será otro día.
Las mujeres de los hermanos mayores se rieron primero de la rana y luego enviaron a una vieja criada a que mirase cómo cocía el pan.
La rana era muy lista y se lo figuró. Hizo la masa y la echó por un agujero que había abierto en lo alto del horno. La vieja criada corrió a contarlo a las mujeres de los hermanos, y ambas hicieron, punto por punto, lo mismo que la rana.
Mientras, la rana salió a la terraza, se despojó de su piel y se transformó en Vasilisa la Sabia.
Batió palmas Vasilisa la Sabia y llamó con voz sonora:
—¡Madrecitas, hayas mías, acudid sin dilación! Cocedme un pan esponjoso y blanco como el que comía yo en casa de mi padre.
Temprano, cuando el zarevich Iván despertó, encontró un pan blanco y dorado, relleno de pasas y decorado con torres y palacios.
Se alegró el zarévich Iván, envolvió el pan y lo llevó a su padre. El zar estaba recibiendo los panes de los hijos mayores. Sus mujeres habían vertido la masa en el horno, como les dijera la vieja criada, y les había salido el pan quemado y negro como un tizón. El zar tomó el pan del hijo mayor, lo miró y dijo que lo dieran a la servidumbre. Lo mismo hizo con el pan del mediano. Pero cuando el zarévich Iván le entregó su pan, exclamó:
—¡Este pan es para ser comido en los días de fiesta!
Aquel mismo día el zar ordenó a sus hijos que a la tarde siguiente acudieran con sus esposas a una gran fiesta que iba a celebrar.
Otra vez regresó el zarévich Iván a sus aposentos con el corazón apesadumbrado, el rostro sombrío, gacha la cabeza. La rana, saltando por el piso, le preguntó:
—Croac-croac, Iván Zarévich ¿Qué pena te acongoja? ¿Es que tu padre no ha sido cariñoso contigo?
—Tengo una buena razón para atormentarme. Ha ordenado mi padre que vaya contigo a su fiesta. Dime, ¿puedo, acaso, mostrarte delante de la gente?
La rana respondió:
—No te apenes Iván Zarévich, ve solo a la fiesta, yo iré después y me reuniré allí contigo. Cuando oigas ruidos y truenos diles a los invitados: “Es mi renacuajo que llega en su carruaje”.
El zarévich Iván fue solo a la fiesta. Los hermanos mayores acudieron acompañados de sus esposas, muy engalanadas, con toques de colorete en las mejillas, vestidas de brocado, adornadas con perlas y pedrería. Y se burlaban de Iván diciéndole:
—¿Por qué has venido sin tu mujer? Podrías haberla traído envuelta en el pañuelo. ¿Dónde has encontrado a esa beldad? ¡Seguro que tuviste que hurgar en fangosos pantanos y apestosos ríos para dar con ella!
El zar, sus hijos, las dos esposas y los invitados se sentaron a las mesas de roble con blancos manteles y empezaron el festín. De repente se oyeron ruidos y truenos. Las paredes se tambalearon, los invitados palidecieron y se levantaron de sus asientos. Pero Iván Zarévich les dijo:
—No teman, queridos invitados, sólo es mi renacuajo que llega en su carruaje.
Ante la puerta del palacio se detuvo una carroza de oro tirada por seis caballos blancos, y de ella descendió Vasilisa la Sabia vistiendo un traje azul cuajado de estrellas, la luna clara lucía sobre sus cabellos. Era tan bonita, que parecía salida de un cuento. Descansó Vasilisa su brazo en el del zarévich Iván y se dirigió con él hacia las mesas de roble cubiertas de blancos manteles.
Los invitados se pusieron a comer y beber entre alegres bromas. Vasilisa mojó sus labios en uno de los vasos y echó en su manga izquierda el resto del vino. Luego tomó un alón de cisne, lo comió y echó los huesos en la manga derecha.
Las mujeres de los hermanos mayores vieron aquello y se apresuraron a imitarla.
Terminado el festín empezó el baile. Vasilisa la Sabia tomó de la mano al zarevich Iván y se puso a danzar con tanta gracia que todos quedaron boquiabiertos. Luego sacudió la manga izquierda, y ante ella apareció un lago; sacudió la derecha, y por la superficie del lago se deslizaron unos cisnes de plumaje blanco como la nieve. El zar y sus invitados no cabían en sí del asombro.
Las mujeres de los hermanos mayores salieron también a bailar. Sacudieron una manga y mojaron a los invitados, sacudieron la otra y los huesos volaron en todas direcciones. Uno le dio en un ojo al zar, que indignado echó a sus dos nueras del palacio.
Mientras tanto, el zarevich Iván salió sin ser visto, corrió a sus aposentos, encontró la piel de la rana y la arrojó al fuego.
Regresó a casa Vasilisa la Sabia y vio que la piel había desaparecido. Se dejó caer en un banco y reprochó a su esposo con tristeza:
—¡Ay, Iván Zarévich! ¿Qué has hecho? Si hubieras esperado tres días más, habría sido tuya para siempre. Ahora tendremos que separarnos. Búscame más allá de los veintinueve países, en el trigésimo reino, en los dominios de Koschéi el Inmortal, esqueleto sin carne, cuerpo sin alma.
Vasilisa la Sabia se transformó en un cuclillo gris y salió volando por la ventana. El zarévich Iván lloró amargas lágrimas, se inclinó profundamente mirando a los cuatro puntos cardinales para despedirse de su tierra amada, y se fue en busca de su mujer. Nadie sabe cuánto anduvo, pero lo que sí se sabe es que sus botas quedaron sin suelas, sus ropas se hicieron jirones y su gorro quedó destrozado por las lluvias. Un buen día se encontró con un viejo en mitad de un camino.
—¡Buenos días joven! ¿A dónde vas, qué camino llevas?
El zarévich le contó sus penas y el anciano le dijo:
—¡Ay, Iván Zarévich! ¿Por qué quemaste la piel de la rana? No se la habías puesto tú, y no eras tú quien debía quitársela. Vasilisa la Sabia nació más lista, más inteligente que su padre. Enfadado por eso, él le ordenó que viviera tres años transformada en rana. En fin, quiero ayudarte. Toma este ovillo de hilo, déjalo rodar y síguelo adonde quiera que te lleve.
El zarévich Iván dio las gracias al viejo y echó a andar en pos del ovillo. Mientras éste rodaba por un bosque, salió un oso de la espesura. Iván echó mano de su arco, dispuesto a matar a la fiera, pero el oso le dijo con voz humana:
—No me mates Iván Zarévich, que algún día te prestaré un buen servicio.
Se compadeció el zarévich del oso, bajó el arco y siguió su camino. De pronto vio un ánade volando sobre su cabeza. Aprestó el joven su arco, pero el ánade le dijo con voz humana:
—No me mates Iván Zarévich, que algún día te prestaré un buen servicio.
Se compadeció el zarévich del ánade, bajó el arco y siguió su camino. De súbito vio una liebre que corría veloz. El zarévich Iván aprestó rápido el arco, dispuesto a disparar, pero la liebre le dijo con voz humana:
—No me mates Iván Zarévich, que algún día te prestaré un buen servicio.
Y también a ella le perdonó el zarévich la vida.
Siguiendo el ovillo, llegó a la orilla del mar. Un sollo agonizaba boqueando sobre la arena.
—¡Ay, Iván Zarévich, compadécete de mí, échame al mar azul! —suplicó el sollo con voz humana.
El zarévich echó el sollo al mar y prosiguió su camino.
Pasado cierto tiempo, nadie sabe cuánto, llegó el ovillo a un bosque. Había allí una pequeña isba (3) sobre patas de gallina que daba vueltas y más vueltas.
—Isba, isba, detente con la pared trasera mirando al bosque y con la puerta hacia mí.
La isba se detuvo con la pared trasera mirando al bosque y con la puerta hacia el zarévich. Iván entró y vio durmiendo en la novena hilera de ladrillos de la estufa a la bruja Yagá Pata de Palo, los dientes sobre un estante y la nariz clavada en el techo.
—¿Qué vienes a hacer aquí, zarévich? ¿Qué vientos te traen? —preguntó la bruja ¿Vas en busca del destino o huyes de él sin tino?
El zarévich Iván le respondió:
—¿Es forma ésta de acoger a un forastero? Primero hay que ofrecerle un baño, darle de comer hasta saciar su hambre y darle de beber hasta apagar su sed. Luego, cuando haya descansado, se le puede interrogar, antes no.
La bruja Yagá Pata de Palo preparó un baño al zarévich, le dio de comer y de beber y le hizo luego la cama.
Entonces, Iván Zarevich le contó que iba en busca de su mujer, Vasilisa la Sabia.
—Ya estaba enterada —le dijo la bruja—. Tu mujer vive ahora en el palacio de Koschéi el Inmortal. Difícil te va a ser quitársela, vencer a Koschéi no es coser y cantar.
La muerte de Koschéi se encuentra en la punta de una aguja, la aguja está encerrada en un huevo, el huevo en el interior de un pato, el pato vive dentro de una liebre, la liebre está encerrada en un cofre de piedra, y el cofre se halla en la copa de un alto roble del que cuida Koschéi como de las niñas de sus ojos.
Hizo noche el zarévich Iván en la isba de la bruja, y a la mañana siguiente reanudó el camino. Mucho anduvo el zarevich Iván; cuánto, nadie lo sabe, pero por fin vio un alto y rumoroso roble en cuya copa descansaba el cofre de piedra. Resultaba imposible sacudirlo, imposible trepar por él.
De pronto apareció un oso que arrancó de cuajo el roble. El cofre cayó y se hizo añicos. Salió de él una liebre que echó a correr como alma que lleva el diablo. Pero otra liebre le dio alcance y la mató a patadas. De la liebre muerta salió un pato que voló alto en el cielo. Pero un ánade se precipitó sobre él y le dio un terrible aletazo. El pato dejó caer un huevo, y el huevo se hundió en las profundidades del mar.
El zarévich Iván estalló en amargo llanto ¿Cómo iba a encontrar el huevo en el fondo del mar? Pero, de pronto, un sollo nadó hacia la orilla, llevando en la boca el huevo. El zarévich cogió el huevo y con él fue en busca de Koschéi.
Al ver el huevo, Koschéi se echó a temblar. Iván Zarevich no dijo nada, hacía saltar el huevo de una de sus manos a la otra y, con sólo ese juego, Koschéi se retorcía de dolor. Entonces el zarévich cascó el huevo, sacó de dentro la aguja y le rompió la punta. Y éste fue el fin de Koschéi el Inmortal, esqueleto sin carne, cuerpo sin alma.
Vasilisa la Sabia salió corriendo al encuentro de su esposo y le besó en los labios.
Regresaron el zarévich Iván y Vasilisa la Sabia a su hogar, y en él vivieron felices y contentos hasta el fin de los tiempos.

viernes, 1 de mayo de 2020

CANCIÓN CON SARAMPIÓN- ELSA BORNEMANN

Canción con sarampión. Divertida poesía para niños en 2020 ...

OTOÑO- JUAN RAMÓN JIMENEZ


¡Qué noble paz en este alejamiento
de todo; oh prado bello que deshojas
tus flores; oh agua fría ya, que mojas
con tu cristal estremecido el viento!

1° DE MAYO: DIA DEL TRABAJADOR

Por qué se celebra el Día del Trabajador el 1° de mayo
Hoy se conmemora el Día Internacional de los Trabajadores en homenaje a los llamados Mártires de Chicago. Su historia y el origen del movimiento obrero organizado.

El lema era: "Ocho horas para el trabajo, ocho para el sueño y ocho para la casa". Pero nada de eso ocurría a fines del siglo XIX.
Por entonces los empleados en los Estados Unidos tenían que cumplir agotadoras jornadas de 12, 16 y hasta 18 horas. La única limitación que había en algunos Estados era la prohibición de que una persona trabajara 18 horas seguidas sin una causa justificada. La multa por obligar al empleado a esa jornada era de 25 dólares.
El Día Internacional del Trabajador conmemora el 1º de mayo de 1886, fecha que marcó un antes y un después en la historia del movimiento obrero organizado. Aquel día comenzó una huelga en reclamo de la jornada de 8 horas que se extendió hasta el 4 de ese mes, cuando se produjo la Revuelta de Haymarket que terminó con la ejecución de un  grupo de sindicalistas anarquistas, bautizados posteriormente como los Mártires de Chicago.
Les dejo la imagen de una obra del pintor argentino Antonio Berni, "Manifestación".
LA PINTURA DE ARGENTINA !!! – aventuralatina