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lunes, 24 de agosto de 2020

EL HIJO DEL ELEFANTE- RUDYARD KIPLING

En tiempos remotos, hijo mío, el elefante no tenía trompa. Sólo poseía una nariz oscura y curvada, del tamaño de una bota, que podía mover de un lado a otro pero con la que no podía agarrar nada. Existía, también, otro elefante, un nuevo elefante, hijo del anterior, que tenía una insaciable curiosidad por todas las cosas, lo que significaba que, en todo momento, estaba haciendo preguntas. Vivía en África y a todos molestaba con su insaciable curiosidad.

Preguntaba a su alta tía, el avestruz, por qué le crecían las plumas de la cola, y su alta tía lo apartaba con un golpe de su larga pata. Preguntaba a su otra tía, también alta, la jirafa, cómo le habían salido las manchas en la piel, y su esbelta tía jirafa lo empujaba con su durísima pezuña. Pero seguía lleno de su insaciable curiosidad. Molestaba también con sus preguntas a su rechoncho tío el hipopótamo para saber por qué tenía los ojitos tan rojos, y su rechoncho tío lo pateaba con su enorme pata. Y preguntaba igualmente a su peludo tío, el mandril, por qué eran tan ricos los melones, y su peludo tío mandril le daba un coscorrón con su mano peluda.

Pero el elefante seguía lleno de su insaciable curiosidad. Hacía preguntas de cuanto veía, oía, olía o tocaba.

Una espléndida mañana al comienzo del verano, el hijo del elefante hizo un pregunta que hasta entonces no había formulado: -¿Qué come el cocodrilo?

 Su padre y su madre lo hicieron callar con un “¡Chist!”. Pero el elefante fue al encuentro del pájaro Kolokolo que estaba posado en la rama de un espino

. -Mi padre y mi madre me han castigado y también todos mis tíos- le dijo el elefante- por mi insaciable curiosidad; pero a pesar de todo quisiera saber qué come el cocodrilo.

 

El pájaro kolokolo le contestó con su voz quejumbrosa:

-Vete a las orillas del gran río Limpopo, que tiene las aguas verdosas y grises y corre entre los altos árboles, y allí lograrás saber lo que quieres.

A la mañana siguiente, el hijo del elefante tomó gran cantidad de melones para el viaje y se despidió de todos sus familiares.

-Adiós- les dijo-. Me voy hacia el gran río Limpopo, que tiene las aguas verdosas y grises y corre entre los árboles, para ver qué come el cocodrilo.

Y luego se puso en marcha. Iba comiendo melones y cuando caía la cáscara la dejaba en el camino. Has de saber, hijo mío, que hasta aquel día el curioso hijo del elefante jamás había visto un cocodrilo y no sabía cómo era.

Lo primero que encontró fue una serpiente boa de dos colores, enroscada en una rama.

-Perdone usted -le dijo el elefante con muy buenos modales-, ¿ha visto usted por estas regiones una cosa llamada cocodrilo?

A su vez, la serpiente boa de dos colores le preguntó:

-¿Y qué querrás saber luego?

-Perdone usted- le contestó el hijo del elefante-, ¿Podrá usted decirme qué come el cocodrilo?

 La serpiente boa de dos colores se desenroscó de la rama y le dio un empujón con la punta de su cola. Siguió entonces el elefante su camino, iba comiendo melones y cuando se le caía la cáscara la dejaba en el camino.

Por fin, tropezó con un tronco caído, junto a las aguas verdosas y grises del río Limpopo. Pero aquello, hijo mío, no era ni más ni menos que el cocodrilo, y el cocodrilo guiñó un ojo.

-Perdone usted -le dijo el elefante con muy buenos modales-, ¿ha visto usted por estas regiones una cosa llamada cocodrilo?

El cocodrilo hizo un guiño con el otro ojo y levantó un poco la cola que tenía hundida en el barro. El hijo del elefante se echó atrás rápidamente pues no quería que nadie volviera a golpearlo.

-Ven aquí, pequeñuelo- le dijo el cocodrilo-. ¿Por qué preguntas eso?

-Perdone usted -le dijo el elefante con muy buenos modales-, pero mi padre, mi madre, mis tías el avestruz y la jirafa, mis tíos el hipopótamo y el mandril, y también la serpiente boa de dos colores, me han pegado por mi insaciable curiosidad. Por eso, no quisiera recibir más azotes. -Ven aquí, pequeñuelo- le dijo el cocodrilo-, pues el cocodrilo soy yo-.

Empezó entonces a derramar lágrimas de cocodrilo para demostrar que era verdad lo que afirmaba.

El hijo del elefante se arrodilló en la orilla del río. -Usted es la persona a quien he estado buscando durante tantos días- le dijo-. ¿Quiere usted decirme qué es lo que come?

-Acércate un poco más, pequeñuelo- insistió el cocodrilo-, y te lo diré al oído.

El hijo del elefante puso la cabeza junto a la boca colmilluda del cocodrilo y el cocodrilo lo agarró por la naricita que, hasta aquel día, tenía el tamaño de una bota.

 -Creo- dijo el cocodrilo (y lo dijo entre dientes...), creo que empezaré tragándome... ¡al hijo del elefante!

El hijo del elefante le dijo (con la nariz tapada): -¡Suélteme que me lastima!

La serpiente boa de dos colores se deslizó hacia la orilla del río. -Amiguito- dijo-, si no tiras hacia atrás enseguida, con todas tus fuerzas, creo que esa bestia que acabas de conocer te llevará de un tirón antes de que puedas decir ¡ay!

Entonces, el hijo del elefante afirmó en el suelo sus pequeñas posaderas y tiró y tiró y volvió a tirar con toda su alma, hasta que su nariz empezó a alargarse. Y el cocodrilo daba coletazos en el agua haciendo espuma, y seguía tirando y tirando

La nariz del hijo del elefante siguió alargándose más y más; el pequeño ponía muy tiesas sus cuatro patas y tiraba y tiraba.

 La serpiente boa de dos colores llegó hasta el agua, se enroscó con doble vuelta en las patas de atrás del elefantito, diciendo:

 -Caminante curioso e inexperto, vamos a ayudarte un poquito...

Tiró, pues, ella también y, al fin, el cocodrilo soltó la nariz del elefante con un “¡chap!” que se oyó desde muy lejos. El hijo del elefante tuvo buen cuidado de dar las gracias a la serpiente boa de dos colores e, inmediatamente, envolvió su nariz en cáscaras de banana y la sumergió en las aguas verdosas, grises y frescas del río Limpopo. Pero la nariz no se le acortó ni un poquito.

- ¡Ya verás que te conviene! -, dijo la serpiente boa de dos colores.

En ese momento, una mosca se posó en el lomo del elefantito y, casi sin darse cuenta, levantó la trompa y espantó a la mosca.

- ¡Primera ventaja! -, comentó la serpiente boa de dos colores.

El hijo del elefante sintió hambre. Alargó la trompa y agarró un buen manojo de hierbas, lo sacudió para quitarle el polvo y se lo llevó a la boca.

- ¡Ventaja número dos! -, exclamó la serpiente boa de dos colores.

-Así es-, dijo el elefantito. Y como tenía calor, sin pensar lo que hacía, sorbió una buena cantidad de barro de la orilla del río Limpopo, de aguas verdosas y grises, y lo derramó por su cabeza donde el barro formó un fresco sombrerito que le hacía cosquillas en las orejas.

 - ¡Ventaja número tres! -, dijo la boa.

 -Bueno- dijo el elefante-, ahora me vuelvo a casita.

Y regresó a su lugar balanceando continuamente la trompa. Cuando quería comer alguna fruta, la arrancaba del árbol en vez de esperar a que se cayera, como antes. Además, en los momentos en que se sentía muy solo, cantaba por su trompa y metía un ruido que se escuchaba por las grandes llanuras de África. Durante todo el viaje se dedicó a recoger todas las cáscaras de melón que él mismo había tirado, porque era un paquidermo muy limpito.

Cierto atardecer, llegó a su casita, curvó la trompa hacia arriba y dijo:

 - ¿Cómo están todos?

 Se alegraron mucho al verlo, pero dijeron enseguida:

-Mereces un castigo por irte tan lejos y por lo que has hecho con tu nariz.

- ¡No!-, exclamó el elefantito y, alargando la trompa, con un par de empujones, dejó tendidos a varios de sus hermanos.

Después de unos días, los otros elefantes descubrieron que la trompa resultaba muy útil y uno tras otro, a buen paso, marcharon hacia las orillas del río Limpopo, de aguas verdosas y grises, que corren entre los árboles. Cuando regresaron, ya nadie se dedicó a golpear ni a empujar; y desde aquel día, hijo mío, todos los elefantes -los que verás en la vida y los que no podrás ver tienen una trompa exactamente igual a la de aquel elefantito insaciablemente curioso.

 

martes, 18 de agosto de 2020

AMIGOS POR EL VIENTO- LILIANA BODOC

 A veces, la vida se comporta como un viento: desordena y arrasa. Algo susurra pero no se le entiende. A su paso todo peligra; hasta lo que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas.
Cuando la vida se comporta de ese modo, se nos ensucian los ojos con los que vemos. Es decir, los verdaderos ojos. A nuestro lado, pasan papeles escritos con una letra que creemos reconocer. El cielo se mueve más rápido que las horas. Y lo peor es que nadie sabe si, alguna vez, regresara la calma.

Así ocurrió el día que se papá se fue de casa. La vida se nos transformó en viento casi sin dar aviso. Yo recuerdo la puerta que se cerró detrás de su sombra y sus valijas. También puedo recordar la ropa reseca sacudiéndose al sol mientras mamá cerraba las ventanas para que, adentro y adentro, algo quedara en su sitio.

– Le dije a Ricardo que viniera con su hijo. ¿Qué te parece?
– Me parece bien – mentí.

Mamá dejó de pulir la bandeja, y me miró:

– No me lo estás diciendo  muy convencida…
– Yo no tengo que estar convencida.
– ¿Y eso que significa? – preguntó la mujer que más preguntas me hizo en mi vida.

Me vi obligada a levantar los ojos del libro:

– Significa que es tu cumpleaños, y no el mío – respondí.

La gata salió de su canasto, y fue a enredarse entre las piernas de mamá.
Que mamá tuviera novio era casi insoportable. Pero que ese novio tuviera un hijo era una verdadera amenaza. Otra vez, un peligro rondaba mi vida. Otra vez había viento en el horizonte.

– Se van a entender bien – dijo mamá -. Juanjo tiene tu edad.

La gata, único ser que entendía mi desolación, salto sobre mis rodillas. Gracias, gatita buena.
Habían pasado varios años desde aquel viento que se llevó a papá. En casa ya estaban reparados los daños. Los huecos de la biblioteca fueron ocupados con nuevos libros. Y hacía mucho que yo no encontraba gotas de llanto escondidas en los jarrones, disimuladas como estalactitas en el congelador, disfrazadas de pedacitos de cristal. “Se me acaba de romper una copa”, inventaba mamá, que, con tal de ocultarme su tristeza, era capaz de esas y otras asombrosas hechicerías.

Ya no había huellas de viento ni de llantos. Y justo cuando empezábamos a reírnos con ganas y a pasear juntas en bicicleta, apareció un tal Ricardo y todo volvía a peligrar.
Mamá sacó las cocadas del horno. Antes del viento, ella las hacía cada domingo. Después pareció tomarle rencor a la receta, porque se molestaba con la sola mención del asunto. Ahora, el tal Ricardo y su Juanjo habían conseguido que volviera a hacerlas. Algo que yo no pude conseguir.

– Me voy a arreglar un poco – dijo mamá mirándose las manos. – Lo único que falta es que lleguen y me encuentren hecha un desastre.
– ¿Qué te vas a poner? – le pregunté en un supremo esfuerzo de amor.
– El vestido azul.

Mamá salió de la cocina, la gata regresó a su canasto. Y yo me quedé sola para imaginar lo que me esperaba.
Seguramente, ese horrible Juanjo iba a devorar las cocadas. Y los pedacitos de merengue quedarían pegados en los costados de su boca. También era seguro que iba a dejar sucio el jabón cuando se lavara las manos. Iba a hablar de su perro con tal de desmerecer a mi gata.
Pude verlo por mi casa transitando con los cordones de las zapatillas desatados, tratando de anticipar la manera de quedarse con mi dormitorio. Pero, aún más que ninguna otra cosa, me aterró la certeza de que sería uno de esos chicos que en vez de hablar, hacen ruidos: frenadas de autos, golpes en el estómago, sirenas de bomberos, ametralladoras y explosiones.

– ¡Mamá! – grité pegada a la puerta del baño.
– ¿Qué pasa? – me respondió desde la ducha.
– ¿Cómo se llaman esas palabras que parecen ruidos?

El agua caía apenas tibia, mamá intentaba comprender mi pregunta, la gata dormía y yo esperaba.

– ¿Palabras que parecen ruidos? – repitió.
– Sí. – Y aclaré -: Plum, Plaf, Ugg…

¡Ring!

– Por favor – dijo mamá -, están llamando.

No tuve más remedio que abrir la puerta.

– ¡Hola! – dijeron las rosas que traía Ricardo.
– ¡Hola! – dijo Ricardo asomado detrás de las rosas.

Yo mira a su hijo sin piedad. Como lo había imaginado, traía puesta una remera ridícula y un pantalón que le quedaba corto.
Enseguida, apareció mamá. Estaba tan linda como si no se hubiese arreglado. Así le pasaba a ella. Y el azul les quedaba muy bien a sus cejas espesas.

– Podrían ir a escuchar música a tu habitación – sugirió la mujer que cumplía años, desesperada por la falta de aire. Y es que yo me lo había tragado todo para matar por asfixia a los invitados.

Cumplí sin quejarme. El horrible chico me siguió en silencio. Me senté en una cama. Él se sentó en la otra. Sin dudas, ya estaría decidiendo que el dormitorio pronto sería de su propiedad. Y yo dormiría en el canasto, junto a la gata.
No puse música porque no tenía nada que festejar. Aquel era un día triste para mí. No me pareció justo, y decidí que también él debía sufrir. Entonces, busqué una espina y la puse entre signos de preguntas:

– ¿Cuánto hace que se murió tu mamá?

Juanjo abrió grandes los ojos para disimular algo.

– Cuatro años – contestó.

Pero mi rabia no se conformó con eso:

– ¿Y cómo fue? – volví a preguntar.

Esta vez, entrecerró los ojos.
Yo esperaba oír cualquier respuesta, menos la que llegó desde su voz cortada.

– Fue… fue como un viento – dijo.

Agaché la cabeza, y dejé salir el aire que tenía guardado. Juanjo estaba hablando del viento, ¿sería el mismo que pasó por mi vida?

– ¿Es un viento que llega de repente y se mete en todos lados? – pregunté.
– Sí, es ese.
– ¿Y también susurra…?
– Mi viento susurraba – dijo Juanjo -. Pero no entendí lo que decía.
– Yo tampoco entendí. – Los dos vientos se mezclaron en mi cabeza.

Pasó un silencio.

– Un viento tan fuerte que movió los edificios – dijo él -. Y eso que los edificios tienen raíces…

Pasó una respiración.

– A mí se me ensuciaron los ojos – dije.

Pasaron dos.

– A mí también.
– ¿Tu papá cerró las ventanas? – pregunté.
– Sí.
– Mi mamá también.
– ¿Por qué lo habrán hecho? – Juanjo parecía asustado.
– Debe de haber sido para que algo quedara en su sitio.

A veces, la vida se comporta como el viento: desordena y arrasa. Algo susurra, pero no se le entiende. A su paso todo peligra; hasta aquello que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas.

– Si querés vamos a comer cocadas – le dije.

Porque Juanjo y yo teníamos un viento en común. Y quizá ya era tiempo de abrir las ventanas.

 


viernes, 14 de agosto de 2020

NOTICIAS DE LA 18° MARATÓN NACIONAL DE LECTURA- FUNDACIÓN LEER

Itsvansch en la Maratón: Un taller virtual, un libro y una guía para docentes


Como ya les contamos, este año la 18.a Maratón Nacional de Lectura será diferente, pero estaremos, como siempre, conectados por la lectura.  

El 25 de septiembre, día de la Maratón, los chicos desde su casa o desde su institución –según la situación en que se encuentren en el contexto de la pandemia- podrán conectarse a una plataforma segura y acceder fácilmente a talleres y actividades interactivas con autores, ilustradores y narradores. Los adultos podrán orientarlos para aprovechar las diferentes propuestas especialmente pensada para ellos.

Uno de los autores que se suma es Itsvansch, quien se define como un “autor integral”: "Soy escritor, ilustrador, diseñador, docente e investigador”. Como editor, Istvansch creó la primera colección de libros álbum que salió en el país. Desde entonces, lleva publicados más de 40 títulos, entre ellos, El ratón más famosoHas vistoQuién soy y Detrás de él estaba su nariz, un libro muy especial impreso en siete tiras independientes que forman cintas de moebius y ofrecen, de este modo, una lectura circular e infinita.

Además, Itsvansch disfruta enseñando a los chicos a utilizar sus técnicas de ilustraciones con tijeras y papel y conversando con ellos sobre sus libros y personajes.

¿Cómo participar en el taller virtual con Itsvansch?

La semana previa a la Maratón les enviaremos a todos los inscriptos el link para acceder fácilmente a la plataforma virtual y a la agenda de actividades para que sepan a qué hora será el taller.

Ese día, solo tienen que conectarse a internet desde un celular, tablet o computadora y entrar a la Maratón Virtual. Es lo mismo que necesitan cuando ven un video en youtube.

¡Ya pueden ir leyendo un cuento de Itsvansch!

 

 

 

Para empezar a conocer su obra, hasta el 28 de agosto en desafio.leer.org encontrarán su libro Cuento de no creer (Editorial AZ) en version digital.

“Vocales y consonantes, mayúsculas y minúsculas; cursivas, manuscritas y de molde.
Un libro sobre las letras (y la realidad y la ficción, los cuentos, los personajes, los cinco sentidos, los sentimientos y las emociones)”, así lo presentan en la editorial.

¿Cómo acceder al libro de Itsvansch en la plataforma desafio.leer.org? Les recordamos desafio.leer.org es un espacio al que pueden acceder con los chicos y encontrar libros infantiles que se renuevan cada quince días. También incluye juegos y una biblioteca permanente de clásicos.

Los docentes o educadores a cargo de grupos de chicos pueden registrarse y abrir “aulas virtuales” que les permitirán invitar fácilmente a los niños para que comiencen a disfrutar de los libros.

  • Para saber cómo crear un aula, hacé clic aquí
  • Para saber qué tienen que hacer los chicos con sus familias para entrar a Leer 2020 El Desafío, hacé clic aquí

 

Una guía pedagógica para orientar la lectura

Para los docentes que quieran acompañar a chicos de entre 6 a 8 años en la lectura de su libro Cuento de no creer, preparamos una guía pedagógica compuesta por dos partes. En una primera sección presentamos conceptos que orientarán al docente para abordar el texto. En la segunda sección, les ofrecemos preguntas orientadoras e intervenciones para guiar la lectura con los chicos.

Lo ideal es que cada docente pueda tomar esta guía como una secuencia didáctica e ir haciendo intervenciones que enriquezcan la lectura. No es una guía para entregar a los chicos y que completen solos sino una propuesta de lectura guiada que requiere del acompañamiento y el diálogo con los chicos.

¡Te invitamos a descargarla y comenzar a dar los primeros pasos de esta Maratón!
 

Descargá la Guía para leer Cuento de no creer aquí

 

18° MARATÓN NACIONAL DE LECTURA- FUNDACIÓN LEER

jueves, 13 de agosto de 2020

LOS TRES CERDITOS- ADAPTACIÓN DEL CUENTO POPULAR

Había una vez tres cerditos que vivían al aire libre cerca del bosque. A menudo se sentían inquietos porque por allí solía pasar un lobo malvado y peligroso que amenazaba con comérselos.

Un día se pusieron de acuerdo en que lo más prudente era que cada uno construyera una casa para estar más protegidos.

El cerdito más pequeño, que era muy vago, decidió que su casa sería de paja. Durante unas horas se dedicó a apilar cañitas secas y en un santiamén, construyó su nuevo hogar. Satisfecho, se fue a jugar.

– ¡Ya no le temo al lobo feroz! – le dijo a sus hermanos.

El cerdito mediano era un poco más decidido que el pequeño pero tampoco tenía muchas ganas de trabajar. Pensó que una casa de madera sería suficiente para estar seguro, así que se internó en el bosque y acarreó todos los troncos que pudo para construir las paredes y el techo. En un par de días la había terminado y muy contento, se fue a charlar con otros animales.

– ¡Qué bien! Yo tampoco le temo ya al lobo feroz – comentó a todos aquellos con los que se iba encontrando.

El mayor de los hermanos, en cambio, era sensato y tenía muy buenas ideas. Quería hacer una casa confortable pero sobre todo indestructible, así que fue a la ciudad, compró ladrillos y cemento, y comenzó a construir su nueva vivienda. Día tras día, el cerdito se afanó en hacer la mejor casa posible.

Sus hermanos no entendían para qué se tomaba tantas molestias.

– ¡Mira a nuestro hermano! – le decía el cerdito pequeño al mediano – Se pasa el día trabajando  en vez de venir a jugar con nosotros.

– Pues sí ¡vaya tontería! No sé para qué trabaja tanto pudiendo hacerla en un periquete… Nuestras casas han quedado fenomenal y son tan válidas como la suya.

El cerdito mayor, les escuchó.

– Bueno, cuando venga el lobo veremos quién ha sido el más responsable y listo de los tres – les dijo a modo de advertencia.

Tardó varias semanas  y le resultó un trabajo agotador, pero sin duda el esfuerzo mereció la pena. Cuando la casa de ladrillo estuvo terminada, el mayor de los hermanos se sintió orgulloso y se sentó a contemplarla mientras  tomaba una refrescante limonada.

– ¡Qué bien ha quedado mi casa! Ni un huracán podrá con ella.

Cada  cerdito se fue a vivir a su propio hogar. Todo parecía tranquilo hasta que una mañana, el más pequeño que estaba jugando en un charco de barro,  vio aparecer entre los arbustos al temible lobo. El pobre cochino empezó a correr y se refugió en su recién estrenada casita de paja. Cerró la puerta y respiró aliviado. Pero desde dentro oyó que el lobo gritaba:

– ¡Soplaré y soplaré y la casa derribaré!

Y tal como lo dijo, comenzó a soplar y la casita de paja se desmoronó. El cerdito, aterrorizado, salió corriendo hacia casa de su hermano mediano y  ambos se refugiaron allí. Pero el lobo apareció al cabo de unos segundos y gritó:

– ¡Soplaré y soplaré y la casa derribaré!

Sopló tan fuerte que la estructura de madera empezó a moverse y al final todos los troncos que formaban la casa se cayeron y comenzaron a rodar ladera abajo. Los hermanos, desesperados, huyeron a gran velocidad y llamaron a la puerta de su hermano mayor, quien les abrió y les hizo pasar, cerrando la puerta con llave.

– Tranquilos, chicos, aquí estaréis bien. El lobo no podrá destrozar mi casa.

El temible lobo llegó y por más que sopló, no pudo mover ni un solo ladrillo de las paredes ¡Era una casa muy resistente! Aun así, no se dio por vencido y buscó un hueco por el que poder entrar.

En la parte trasera de la casa había un árbol centenario. El lobo subió por él y de un salto, se plantó en el tejado y de ahí brincó hasta la chimenea. Se deslizó por ella para entrar en la casa pero cayó sobre una enorme olla de caldo que se estaba calentado al fuego. La quemadura fue tan grande que pegó un aullido desgarrador y salió disparado de nuevo al tejado. Con el culo enrojecido, huyó para nunca más volver.

– ¿Veis lo que ha sucedido? – regañó el cerdito mayor a sus hermanos – ¡Os habéis salvado por los pelos de caer en las garras del lobo! Eso os pasa por vagos e inconscientes. Hay que pensar las cosas antes de hacerlas. Primero está la obligación y luego la diversión. Espero que hayáis aprendido la lección.

¡Y desde luego que lo hicieron! A partir de ese día se volvieron más responsables, construyeron una casa de ladrillo y cemento como la de su sabio hermano mayor y vivieron felices y tranquilos para siempre.

miércoles, 12 de agosto de 2020

EL NABO GIGANTE- CUENTO RUSO

Cuando los hombres aún dialogaban con los animales y con las plantas, hete aquí que, en un frío y verde paraje de Europa, vivía una pareja de ancianos campesinos que cuidaba con esmero su granja.

Los dos eran muy felices; comían lo que les proporcionaba la tierra y cuidaban de una vaca parda, dos cerditos rosados, tres gatos negros, cuatro gansos blancos, cinco gallinas rubias y seis ratones grises.

Un día de primavera, antes de que el sol saliera de la cama, el anciano se levantó y, mientras se desperezaba, olfateó la brisa que se colaba por la ventana abierta y se dijo: «¡Huele a primavera! ¡Ya es hora de plantar los vegetales!»

Se vistió, tomó sus aperos y se dirigió al huerto. Plantó patatas, guisantes y tomates. Acelgas, zanahorias y judías… Y en una esquina de la huerta, resguardada del viento, plantó una semilla de nabo que le habían regalado el día anterior en el mercado. Estaba feliz y contento y mientras golpeaba la tierra con su azada cantaba:

Nabo, nabito

ahora eres chiquito,

pero pronto crecerás

y grande te harás.

Cada día, el anciano regaba aquel nabo mientras le cantaba la canción y el nabo, al oírla, crecía y crecía, dulce y fuerte, hasta que se hizo muy grande.

En realidad, aquel nabo más que grande se hizo ¡enorme!

Pasó la primavera y llegó el verano y el viejecito empezó a cosechar sus hortalizas. Pero cuando llegó al nabo y quiso arrancarlo, no hubo manera.

Tiró y tiró de él, pero el nabo no se movió ni una pizca y tuvo que llamar a su esposa.

La vieja se puso detrás del viejo y tiró de él con todas sus fuerzas y el viejo tiró del nabo.

Tiraron una y otra vez, pero no pudieron arrancarlo.

Entonces, la vieja, llamó a la vaca parda.

La vaca parda tiró de la vieja con todas sus fuerzas, la vieja tiró del viejo y el viejo tiró del nabo.

Tiraron una y otra vez, pero no pudieron arrancarlo.

La vaca parda llamó a los dos cerditos rosados.

Los dos cerditos rosados tiraron de la vaca parda, la vaca parda tiró de la vieja, la vieja tiró del viejo y el viejo tiró del nabo.

Tiraron una y otra vez, pero no pudieron arrancarlo.

Al ver que era imposible moverlo, los dos cerditos rosados fueron a buscar a los tres gatos negros.

Los tres gatos negros tiraron de los dos cerditos rosados, los dos cerditos rosados tiraron de la vaca parda, la vaca parda tiró de la vieja, la vieja tiró del viejo y el viejo tiró del nabo.

Tiraron una y otra vez, pero no pudieron arrancarlo.

Después de un rato, los tres gatos negros corrieron a buscar a los cuatro gansos blancos.

Los cuatro gansos blancos tiraron de los tres gatos negros, los tres gatos negros tiraron de los dos cerditos rosados, los dos cerditos rosados tiraron de la vaca parda, la vaca parda tiró de la vieja, la vieja tiró del viejo y el viejo tiró del nabo.

Tiraron una y otra vez, pero no pudieron arrancarlo.

Sudorosos y cansados, los cuatro gansos blancos llamaron a las cinco gallinas rubias.

Las cinco gallinas rubias tiraron de los cuatro gansos blancos, los cuatro gansos blancos tiraron de los tres gatos negros, los tres gatos negros tiraron de los dos cerditos rosados, los dos cerditos rosados tiraron de la vaca parda, la vaca parda tiró de la vieja, la vieja tiró del viejo y el viejo tiró del nabo.

Tiraron una y otra vez, pero no pudieron arrancarlo.

Las cinco gallinas rubias, hasta las plumas de tanto estirar, convocaron a los seis ratones que vivían en el pajar.

Los seis ratones tiraron de las cinco gallinas rubias, las cinco gallinas rubias tiraron de los cuatro gansos blancos, los cuatro gansos blancos tiraron de los tres gatos negros, los tres gatos negros tiraron de los dos cerditos rosados, los dos cerditos rosados tiraron de la vaca parda, la vaca parda tiró de la vieja, la vieja tiró del viejo y el viejo tiró del nabo.

Tiraron una y otra vez con todas sus fuerzas y siguieron tirando y tirando y…

¡Por fin!, entre todos, consiguieron arrancar aquel enorme nabo.

Pero…

¡Pataplof!

De tanto y tanto tirar, el viejo se cayó sobre la vieja, la vieja se cayó sobre la vaca parda, la vaca parda sobre los dos cerditos rosados, los dos cerditos rosados sobre los tres gatos negros, los tres gatos negros, sobre los cuatro gansos blancos, los cuatro gansos blancos sobre las cinco gallinas rubias, las cinco gallinas rubias, sobre los seis ratones y encima de todos ellos… ¡Se cayó el nabo!

¡Y qué nabo, señoras y señores! ¡Era enorme! Suerte que nadie se hizo daño.

Cuando por fin pudieron salir de debajo de aquel formidable nabo, cocinaron una rica sopa y salió tanta, que hubo suficiente para el viejo, para la vieja, para la vaca parda, para los dos cerditos rosados, para los tres gatos negros, para los cuatro gansos blancos, para las cinco gallinas rubias, y ¡hasta los seis ratones grises se hartaron!

Y tantísima sopa de nabo sobró, que mañana nos han invitado a ti y a mí a cenar con ellos.

 

lunes, 10 de agosto de 2020

CAPERUCITA ROJA- HERMANOS GRIMM

Había una vez una niña muy bonita. Su madre le había hecho una capa roja y la muchachita la llevaba tan a menudo que todo el mundo la llamaba Caperucita Roja.

Un día, su madre le pidió que llevase unos pasteles a su abuela que vivía al otro lado del bosque, recomendándole que no se entretuviese por el camino, pues cruzar el bosque era muy peligroso, ya que siempre andaba acechando por allí el lobo.

Caperucita Roja recogió la cesta con los pasteles y se puso en camino. La niña tenía que atravesar el bosque para llegar a casa de la Abuelita, pero no le daba miedo porque allí siempre se encontraba con muchos amigos: los pájaros, las ardillas...

De repente vio al lobo, que era enorme, delante de ella.

- ¿A dónde vas, niña? - le preguntó el lobo con su voz ronca.

- A casa de mi Abuelita - le dijo Caperucita.

- No está lejos - pensó el lobo para sí, dándose media vuelta.

Caperucita puso su cesta en la hierba y se entretuvo cogiendo flores: - El lobo se ha ido -pensó-, no tengo nada que temer. La abuela se pondrá muy contenta cuando le lleve un hermoso ramo de flores además de los pasteles.

Mientras tanto, el lobo se fue a casa de la Abuelita, llamó suavemente a la puerta y la anciana le abrió pensando que era Caperucita. Un cazador que pasaba por allí había observado la llegada del lobo.

El lobo devoró a la Abuelita y se puso el gorro rosa de la desdichada, se metió en la cama y cerró los ojos. No tuvo que esperar mucho, pues Caperucita Roja llegó enseguida, toda contenta. La niña se acercó a la cama y vio que su abuela estaba muy cambiada.

- Abuelita, abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes!

- Son para verte mejor - dijo el lobo tratando de imitar la voz de la abuela.

- Abuelita, abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes!

- Son para oírte mejor - siguió diciendo el lobo.

- Abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes!

- Son para...¡comerte mejoooor! - y diciendo esto, el lobo malvado se abalanzó sobre la niñita y la devoró, lo mismo que había hecho con la abuelita.

Mientras tanto, el cazador se había quedado preocupado y creyendo adivinar las malas intenciones del lobo, decidió echar un vistazo a ver si todo iba bien en la casa de la Abuelita. Pidió ayuda a un serrador y los dos juntos llegaron al lugar. Vieron la puerta de la casa abierta y al lobo tumbado en la cama, dormido de tan harto que estaba.

El cazador sacó su cuchillo y rajó el vientre del lobo. La Abuelita y Caperucita estaban allí, ¡vivas!.

Para castigar al lobo malo, el cazador le llenó el vientre de piedras y luego lo volvió a cerrar. Cuando el lobo despertó de su pesado sueño, sintió muchísima sed y se dirigió a un estanque próximo para beber. Como las piedras pesaban mucho, cayó en el estanque de cabeza y se ahogó.

En cuanto a Caperucita y su abuela, no sufrieron más que un gran susto, pero Caperucita Roja había aprendido la lección. Prometió a su Abuelita no hablar con ningún desconocido que se encontrara en el camino. De ahora en adelante, seguiría las juiciosas recomendaciones de su Abuelita y de su Mamá.