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jueves, 6 de agosto de 2020

EL TRAJE NUEVO DEL EMPERADOR- HANS CHRISTIAN ANDERSEN

Había una vez un emperador al que le encantaban los trajes. Destinaba toda su fortuna a comprar y comprar trajes de todo tipo de telas y colores. Tanto que a veces llegaba a desatender a su reino, pero no lo podía evitar, le encantaba verse vestido con un traje nuevo y vistoso a todas horas. Un día llegaron al reino unos impostores que se hacían pasar por tejedores y se presentaron delante del emperador diciendo que eran capaces de tejer la tela más extraordinaria del mundo.

- ¿La tela más extraordinaria del mundo? ¿Y qué tiene esa tela de especial?

- Así es majestad. Es especial porque se vuelve invisible a ojos de los necios y de quienes no merecen su cargo.

- Interesante… ¡entonces hacedme un traje con esa tela, rápido! Os pagaré lo que me pidáis.

Así que los tejedores se pusieron manos a la obra.

Pasado un tiempo el emperador tenía curiosidad por saber cómo iba su traje pero tenía miedo de ir y no ser capaz de verlo, por lo que prefirió mandar a uno de sus ministros. Cuando el hombre llegó al telar se dio cuenta de que no había nada y que lo que los tejedores eran en realidad unos farsantes pero le dio tanto miedo decirlo y que todo el reino pensara que era estúpido o que no merecía su cargo, que permaneció callado y fingió ver la tela.

- ¡Qué tela más maravillosa! ¡Que colores! ¡Y qué bordados! Iré corriendo a contarle al emperador que su traje marcha estupendamente.

Los tejedores siguieron trabajando en el telar vacío y pidieron al emperador más oro para continuar. El emperador se lo dio sin reparos y al cabo de unos días mandó a otro de sus hombres a comprobar cómo iba el trabajo.

Cuando llegó le ocurrió como al primero, que no vio nada, pero pensó que si lo decía todo el mundo se reiría de él y el emperador lo destituiría de su cargo por no merecerlo así que elogió la tela.

- ¡Deslumbrante! ¡Un trabajo único!

Tras recibir las noticias de su segundo enviado el emperador no pudo esperar más y decidió ir con su séquito a comprobar el trabajo de los tejedores. Pero al llegar se dio cuenta de que no veía nada por ningún lado y antes de que alguien se diera cuenta de que no lo veía se apresuró a decir:

- ¡Magnífico! ¡Soberbio! ¡Digno de un emperador como yo!

Su séquito comenzó a aplaudir y comentar lo extraordinario de la tela. Tanto, que aconsejaron al emperador que estrenara un traje con aquella tela en el próximo desfile. El emperador estuvo de acuerdo y pasados unos días tuvo ante sí a los tejedores con el supuesto traje en sus manos.

El traje nuevo del emperadorComenzaron a vestirlo y como si se tratara de un traje de verdad iban poniéndole cada una de las partes que lo componían.

- Aquí tiene las calzas, tenga cuidado con la casaca, permítame que le ayude con el manto…

El emperador se miraba ante el espejo y fingía contemplar cada una de las partes de su traje, pero en realidad, seguía sin ver nada.

Cuando estuvo vestido salió a la calle y comenzó el desfile y todo el mundo lo contemplaba aclamando la grandiosidad de su traje.

- ¡Qué traje tan magnífico!

- ¡Qué bordados tan exquisitos!

Hasta que en medio de los elogios se oyó a un niño que dijo:

- ¡Pero si está desnudo!

Y todo el pueblo comenzó a gritar lo mismo pero aunque el emperador estaba seguro de que tenían razón, continuó su desfile orgulloso.

LA VENTANA ABIERTA- SAKI

Mi tía no tardará en bajar, míster Nuttel —dijo una damita de quince años, muy segura de sí misma—. Entretanto, tendrá usted que conformarse con mi compañía.

Framton Nuttel trató de decir algo que resultara halagador para la sobrina del momento sin menoscabo de la tía próxima a aparecer. En su fuero íntimo, dudó más que nunca de que aquellas visitas de cumplido a una serie de personas completamente desconocidas le ayudaran mucho en la cura de nervios a que estaba sometido.

«Sé lo que va a pasar —había dicho su hermana mientras Framton se disponía a emigrar a aquel retiro rural—. Te enterrarás allí, sin hablar con nadie, y tus nervios empeorarán, en vez de mejorar. Te daré unas cartas de presentación para todas las personas que conozco allí. Algunas de ellas, por lo que puedo recordar, eran encantadoras.»

Framton se preguntó si mistress Sappleton, la dama a la cual iba a presentar una de las cartas de su hermana, pertenecía a aquella última categoría.

—¿Conoce usted a mucha gente de por aquí? —preguntó la sobrina, cuando consideró que ya habían tenido una suficiente comunicación silenciosa.

—No conozco a nadie —confesó Framton—. Mi hermana pasó una temporada aquí, hace unos años, y me ha dado unas cartas de presentación para varias personas.

Hizo la última afirmación en tono de evidente pesar.

—Entonces, ¿no sabe usted prácticamente nada acerca de mi tía? —inquirió la curiosa damita.

—Sólo su nombre y dirección —admitió el visitante.

Se estaba preguntando si mistress Sappleton era casada o viuda. En la estancia había algo indefinible que sugería una presencia masculina.

—Su gran tragedia ocurrió hace tres años —dijo la chiquilla—. Debió de ser en la época en que su hermana estuvo aquí.

—¿Su tragedia? —preguntó Framton.

En aquel apacible rincón, las tragedias parecían fuera de lugar.

—Tal vez se haya preguntado usted por qué tenemos esa ventana abierta de par en par en una tarde de octubre —dijo la sobrina, señalando hacia un amplio ventanal que se abría al jardín.

—Hace bastante calor para esta época del año —dijo Framton—. Pero, ¿qué tiene que ver esa ventana con la tragedia?

—A través de esa ventana, hace tres años, salieron a cazar el marido de mi tía y sus dos hermanos, más jóvenes que ella. Nunca regresaron. Mientras cruzaban el pantano, dirigiéndose a su puesto de acecho favorito, se hundieron en las aguas fangosas. El verano había sido desacostumbradamente húmedo, y algunos lugares que otros años podían cruzarse sin peligro, cedían repentinamente sin previo aviso. Los cadáveres no pudieron ser localizados. Eso fue lo más espantoso de todo. La pobre tía cree que su marido y sus hermanos regresarán algún día, acompañados por el perrito de aguas que se perdió con ellos, y que entrarán por esa ventana tal como tenían por costumbre hacer. Por eso la ventana no se cierra nunca. ¡Pobre tía! A menudo me cuenta cómo se marcharon, su marido con su impermeable blanco doblado sobre el brazo, y Ronnie, el menor de los hermanos, cantando: «Bertie, ¿por qué saltas?», como hacía siempre para fastidiarla, porque ella decía que la canción le atacaba los nervios. A veces, ¿sabes?, en los atardeceres tranquilos como éste, tengo la horrible sensación de que de un momento a otro aparecerán a través de esa ventana…

La chiquilla se interrumpió con un repentino estremecimiento. Framton se sintió muy aliviado al ver aparecer a la tía, la cual se disculpó por haberle hecho esperar.

—Confío en que Vera le habrá entretenido —dijo mistress Sappleton.

—Me ha contado cosas muy interesantes —dijo Framton.

—Espero que no le importará que la ventana esté abierta —dijo mistress Sappleton vivamente—. Mi marido y mis hermanos no tardarán en regresar de una cacería, y tienen la costumbre de entrar por la ventana. Han ido al pantano, de modo que dejarán mis pobres alfombras hechas un asco. ¡Qué le vamos a hacer! Bueno, ¿lo pasa usted bien aquí, míster Nuttel?

Mistress Sappleton continuó hablando alegremente de la caza y de lo que escaseaban las aves acuáticas últimamente. Para Framton, aquella conversación resultaba horrible. Hizo un esfuerzo tan desesperado como inútil para desviar la conversación hacia un tema menos lúgubre; se daba cuenta de que su anfitriona sólo le dedicaba una parte de su atención, y de que los ojos de mistress Sappleton se volvían continuamente hacia la ventana abierta y el jardín que se extendía más allá.

—Los médicos estuvieron de acuerdo en recomendarme un absoluto descanso, diciéndome que procurara evitar toda excitación mental y toda clase de ejercicio físico violento —anunció Framton, el cual alimentaba la ilusión, bastante extendida, de que los desconocidos y los conocidos casuales están hambrientos de detalles acerca de las enfermedades del prójimo, de su causa y de su proceso curativo—. En lo que no se mostraron de acuerdo fue en la cuestión de la dieta —continuó.

—¿No? —inquirió mistress Sappleton, reprimiendo a duras penas un bostezo.

Luego, sus ojos se iluminaron súbitamente con una expresión interesada…, aunque no por lo que Framton estaba diciendo.

—¡Por fin! ¡Ahí están! —exclamó—. ¡Llegan a tiempo para el té! ¡Y vienen cubiertos de barro hasta los ojos!

Framton se estremeció ligeramente y se volvió hacia la sobrina para expresarle silenciosamente su comprensión. La chiquilla miraba fijamente a través de la ventana abierta con una expresión de asombrado horror. Poseído de un súbito e inexplicable temor, Framton se volvió en su asiento y miró en la misma dirección.

A la macilenta luz del crepúsculo, tres figuras avanzaban a través del jardín en dirección a la ventana; las tres llevaban una escopeta debajo del brazo, y una de ellas lucía un impermeable blanco que se había echado por encima de los hombros. Iban acompañadas por un perrito de aguas. Avanzaban en silencio hacia la casa, y de repente una voz juvenil empezó a cantar: «Bertie, ¿por qué saltas?»

Framton empuñó salvajemente su sombrero y su bastón; cruzó precipitadamente el vestíbulo, echó a correr por el caminito de grava, y al llegar a la carretera estuvo a punto de chocar contra un ciclista, el cual tuvo que echarse a la cuneta para evitar la aparatosa colisión.

—¡Hola, querida! —dijo el hombre del impermeable blanco, entrando a través de la ventana—. Nos hemos cubierto de barro, pero ya está casi seco. ¿Quién era ese tipo que ha salido corriendo como alma que lleva el diablo cuando nosotros llegábamos?

—Un hombre muy raro, un tal míster Nuttel —dijo mistress Sappleton—. Sólo sabía hablar de sus enfermedades, y en cuanto os ha visto llegar ha salido huyendo, sin despedirse ni disculparse. Como si hubiera visto a un fantasma.

—Supongo que ha sido por el perro —dijo la sobrina tranquilamente—. Me estuvo contando que los perros le inspiran terror. En cierta ocasión se vio obligado a refugiarse en un cementerio, situado a orillas del Ganges, para escapar a la persecución de dos perros vagabundos. Pero los perros le siguieron hasta el interior del recinto, y tuvo que pasar la noche en una tumba recién excavada, con los dos animales gruñendo y babeando encima de su cabeza. Una cosa así es capaz de destrozarle los nervios a cualquiera.

Las fábulas improvisadas eran su especialidad.

miércoles, 5 de agosto de 2020

LLEGA EL INVIERNO- MARISOL PERALES


El señor invierno
se viste de blanco,
se pone el abrigo
porque está temblando.
Se va a la montaña,
se mete en el río,
y el parque y la calle
se llenan de frío.
Se encuentra a la lluvia
llorando, llorando,
y también al viento
que viene soplando.
¡Ven amigo sol!
Grita en el camino,
pero el sol no viene
porque se ha dormido.

TRISTE MARIPOSA LINDA

Estos poemas cortos de animales encantarán a tu hijo

Volando DE FLOR EN FLOR
la vieron en primavera,
envidiaron su hermosura
y no vieron su ceguera.

Sus grandes ojos oscuros
dejaban ver su tristeza,
aún siendo UNA MARIPOSA
de extraordinaria belleza.

Triste mariposa linda
entre todas la más bella,
aunque sus ojos no vean
todos la miran a ella.

EL GRILLO Y LA LUNA- ANÓNIMO

No te pierdas el poema del grillo y de la luna

un grillo cantaba
cri cri muy contento,
mirando a la luna
en el firmamento.

Cri cri le cantaba
«eres la más bella»
y la luna reía
junto a las estrellas.

Cri cri le cantaba
«eres tan hermosa»
y la luna brillaba
creyéndose diosa